Conversamos con Santiago Pedrero, jugador de Los Cóndores y recientemente reconocido con el premio al Mejor Try del año en los World Rugby Awards 2025, sobre longevidad, recuperación y entrenamiento sostenible. Desde su propia experiencia, comparte cómo cambió su relación con el cuerpo, el esfuerzo y el cuidado, entendiendo el entrenamiento como un proceso que va más allá de los resultados inmediatos.

 

¿Cuándo empezaste a entender que entrenar no se trata solo de rendir hoy?


En el rugby, como en otros deportes de contacto, el cuerpo está constantemente expuesto a situaciones que pueden generar daño a largo plazo. Es común ver jugadores con dolores crónicos de rodilla, espalda u hombros que les impiden hacer actividades simples. Ahí entendí que, si quería seguir siendo una persona activa el resto de mi vida, tenía que cambiar la forma en que entrenaba y recuperaba, pensando más en el largo plazo y no solo en el rendimiento inmediato.

¿Hubo alguna lesión o pausa que marcara un antes y un después en tu forma de cuidarte?


Sí. En 2023, a pocos meses del Mundial, tuve un dolor de espalda agudo producto de hernias y discopatías lumbares que me dejó cerca de un mes y medio sin entrenar. Fue muy frustrante, porque un paso en falso activaba un dolor que ni siquiera me permitía trotar. Esa experiencia me hizo entender cómo pequeños desbalances de fuerza o debilidades en músculos que no solemos trabajar pueden desencadenar lesiones grandes de forma repentina.


¿Qué cambió en tu manera de entrenar cuando el foco pasó de “dar el máximo siempre” a sostenerte en el tiempo dando lo mejor?


Hoy entiendo que, para aprovechar una carrera deportiva que de por sí es corta, tengo que estar sano y disponible la mayor cantidad de tiempo posible. Incorporé ejercicios de prevención de lesiones antes de cada entrenamiento, muchos poco habituales, pero que a largo plazo tienen un impacto muy positivo. El año pasado, por primera vez, logré estructurar un plan semanal de recuperación donde integro kinesioterapia, sauna, piscina y trabajo de tejidos blandos. La recuperación es clave. El espacio donde el cuerpo asimila el esfuerzo y se prepara para seguir entrenando de manera sostenible.

Mirando hacia atrás, ¿qué te habría gustado comprender antes sobre el cuerpo y la longevidad?


Muchas cosas. Lo primero, que hay un “después” del rugby. Cuando uno es joven, entre los 15 y 20 años, suele tener una mirada muy cortoplacista, donde lo más importante es entrenar a la mayor intensidad posible. Llevar el cuerpo constantemente al límite tiene consecuencias, y muchas veces donde el cuerpo termina cediendo.


En un deporte de alto contacto como el rugby, ¿cómo se aborda hoy la prevención de lesiones?


Principalmente atacando las debilidades individuales. Las lesiones suelen aparecer cuando llevamos el cuerpo a límites para los que no está preparado. Con ayuda de kinesiólogos en Youtopia hemos puesto foco en trabajar la rigidez y adaptación de los tendones, especialmente Aquiles, rotuliano y hombro. El cuerpo no es solo músculo, es un conjunto de tejidos que deben trabajar en sintonía para rendir bien y mantenerse sano.

¿Qué señales del cuerpo y de la mente aprendiste a escuchar con más atención con los años?

A nivel físico, la falta de flexibilidad y la tensión muscular. Si un músculo se siente corto en el día a día, replicarlo después a alta velocidad y con impacto aumenta el riesgo de lesión. A nivel mental, el sueño y la fatiga mental. Durante años subestimé cuánto influye dormir mal o llegar mentalmente saturado a los entrenamientos. Hoy me preocupo de liberar la mente antes de dormir y asegurar un descanso real.


Pensando en el largo plazo, ¿qué hábitos consideras fundamentales para llegar bien físicamente?

Dormir ocho horas, elongar todos los días y mantener una buena hidratación. A eso se suma una buena alimentación sana, un estilo de vida activo y algo que a veces se olvida: disfrutar. El disfrute también es parte de la salud.

Más allá del rendimiento, ¿qué aprendizajes del rugby sientes que trascienden la cancha y se aplican a la vida?


El rugby entrega valores muy potentes: respeto, disciplina, compañerismo y resiliencia. También enseña lo difícil que es avanzar sin método y lo fácil que es perderse. Son aprendizajes que no se adquieren leyendo, se viven. Y una vez que los incorporas, te acompañan en muchos ámbitos de la vida.