Su enfoque, dice, siempre ha tenido la misma raíz: “Entregar salud y bienestar. Transmitir la esencia del método y acompañar a cada persona para que descubra su propio cuerpo.” Para ella, una clase no es una secuencia de ejercicios, sino una estructura con lógica y progresión. “Intento que cada movimiento tenga sentido. Que el alumno se desafíe, pero desde un control real, habitando el movimiento desde una perspectiva inteligente.”

Lo más importante que busca transmitir es seguridad. Que cada persona sienta su cuerpo, su centro y su alineación. “Señalo harto las zonas del cuerpo que estamos trabajando. Me importa que entiendan qué se activa, por qué y para qué. Que no hagan por hacer, sino que realmente sientan el movimiento y la correcta ejecución del ejercicio”.


Cuando habla del método, lo hace con precisión: el pilates no está construido sobre grandes músculos, sino sobre la activación profunda. “Integra la estabilidad desde adentro hacia afuera. Controlar el cuerpo no es tensarlo, sino coordinar los músculos estabilizadores para movernos mejor.” Esa activación profunda, explica, mejora la postura, la coordinación y la forma en que el cuerpo se organiza en cualquier actividad diaria.

Esa coordinación tiene un aliado clave: la respiración. “La usamos para dirigir el movimiento, activar bien el centro y liberar tensiones que no debiesen estar ahí. El diafragma es fundamental, integra todo el trabajo del core.” La ciencia, comenta, hoy respalda lo que la práctica muestra hace años: esta disciplina protege al cuerpo, permite salud y movimiento al mismo tiempo. También, mejora la fuerza profunda, reduce el dolor lumbar, aumenta la movilidad y optimiza la postura. “Finalmente es calidad de vida.”


Una de las cosas que más valora del método es su adaptabilidad. “Funciona para todas las etapas: edad, embarazo, lesiones, rendimiento deportivo. Porque no se trata de ejercicios rígidos, sino de principios. Todo tiene un ejercicio preparatorio o una versión más sencilla, así vamos ajustando intensidades sin agredir, acompañando el proceso.” En una clase, la mente también se entrena. “Hay que estar muy presente. Se trabaja el cuerpo, pero también la cabeza. Integrar, coordinar, concentrarse… por eso genera una sensación tan grande de bienestar mental y físico.”

Cuando le preguntamos qué le diría a alguien que aún cree que Pilates es una clase suave, se ríe antes de responder. “Que pruebe una clase conmigo jaja”. Después dice de forma más seria: “En verdad, que se den la oportunidad sin prejuicios. Me pasa mucho con deportistas u hombres que llegan pensando que es una clase suave como meditar… y terminan sorprendidos, casi pidiendo disculpas por subestimar la disciplina. La suavidad no es contradictoria con la profundidad.”


Después de años enseñando, sabe cuál es el cambio más visible en quienes practican con constancia: la postura. “No solo cómo se ve, sino cómo se siente. La estabilidad, el control, 
la seguridad en el cuerpo. Las personas que lo practican se mueven con menos dolor y más confianza.”