En un mundo que suele poner el acento en el logro individual, conversamos con Manuela Urroz sobre la experiencia de lo colectivo y la forma en que ser parte de un equipo puede trascender la cancha. Como capitana de Las Diablas, pone en valor el trabajo en conjunto y cómo estos aprendizajes atraviesan los vínculos, lo profesional y la vida en comunidad.


“Ponerse al servicio de un objetivo común cambia completamente la perspectiva”, explica. Esa disposición, para ella, no se limita al deporte: es una forma de entender el propio rol dentro de un grupo y de relacionarse con otros desde un lugar más consciente y compartido.

Esa lógica se vive con fuerza en Las Diablas, un equipo que ha marcado su vida durante los últimos 17 años. Manuela lo describe como una forma de vivir. Entre tantos momentos significativos, hay uno que se repite y las representa con especial fuerza: el instante previo a los partidos, cuando cantan el himno de Chile y se abrazan para arengarse. Un gesto que concentra identidad y sentido de pertenencia.


Esa misma experiencia colectiva también transforma la manera de atravesar los resultados. “Cuando la victoria es compartida, se disfruta más. Y cuando llega la frustración, duele menos”, comenta. Vivir el proceso en equipo permite distribuir el peso, procesarlo en conjunto y construir una fortaleza mental que no depende solo de lo individual.

En los momentos difíciles, cuando aparece el cansancio, la presión o la duda, algo habitual en el alto rendimiento, el cuidado del equipo pasa por reconocer lo que se siente y volver al propósito compartido. Mantener claros los objetivos permite continuar incluso en los momentos más exigentes.


En un contexto general que empuja a la autosuficiencia, aprender a colaborar y a depender de otros adquiere un valor particular. Para Manuela, ponerse al servicio de alguien implica también un trabajo personal profundo: reconocer fortalezas y debilidades, entender desde dónde aportar y asumir la responsabilidad individual dentro de un colectivo. “Eso requiere mucha humildad”, señala. Como capitana, ese aprendizaje se traduce en liderar con el ejemplo, inspirar y acompañar a quienes están dando sus primeros pasos.

Desde luego, lo colectivo no solo cambia la experiencia del juego, sino también la forma de prepararse para competir. “Uno se prepara distinto. Aparece la convicción, la adaptabilidad y el desafío de ser una pieza dentro de una figura mayor”. En ese entramado, los rituales y las palabras sostienen al equipo. Una de las frases que más las representa es “una vez Diabla, siempre Diabla”. Más que una consigna, es una declaración de identidad y de legado. “Nuestro deber es dejar la camiseta en un mejor lugar del que la recibimos”.

 

Mirando más allá del deporte, Manuela cree que volver a valorar lo colectivo podría ayudarnos, como sociedad, a recuperar la convivencia, el respeto y la tolerancia. En Las Diablas, ese aprendizaje se vive desde la vulnerabilidad y la mejora constante. “Desde la más joven hasta la más experimentada, todas tenemos espacio para crecer. Cada una es parte del proceso de la otra”, explica.

Construir y liderar un equipo de mujeres, en ese contexto, tiene para ella un valor profundo. Se siente afortunada de formar parte de un grupo tan potente y de saber que hoy pueden convertirse en referentes para otras personas. Inspirar desde la experiencia compartida y desde la fuerza del equipo es lo que las motiva a seguir construyendo ese legado.