En el mundo del rally, hay sueños que se construyen desde muy temprano, incluso antes de entender del todo lo que implican. Para Ruy Barbosa, el Dakar siempre fue uno de ellos. Lo vio pasar por Chile durante años, cuando todavía era niño, como una carrera casi imposible: velocidad extrema, navegación en el desierto y un nivel de exigencia que parecía inalcanzable. Años después, y tras casi una década dedicado profesionalmente al deporte motor, ese sueño dejó de ser una imagen lejana para convertirse en una experiencia real. “El Dakar siempre fue un sueño para mí… poder correrlo fue un sueño hecho realidad, pero siento que este es solo el primero de muchos”, cuenta.

Llegar hasta ahí no fue un proceso lineal. En su caso, el desafío no solo fue físico o técnico, sino también estructural. Se propuso llegar al Dakar en apenas 365 días, un plazo exigente donde el mayor obstáculo fue conseguir el financiamiento necesario para estar en la línea de partida. “No me pude preparar físicamente de la mejor forma, pero sí trabajé mucho la cabeza”, explica. A eso se sumaron horas clave en el desierto de Atacama, un entorno que se convirtió en su principal espacio de preparación, tanto para el cuerpo como para la toma de decisiones bajo presión.

 

Cuando llegó el día de la carrera, esta avanzaba mejor de lo esperado. Etapa a etapa, se posicionaba entre los mejores, llegando a estar dentro del top 10 en la clasificación general y tercero en su categoría. Sin embargo, en la etapa 10 de 13, un accidente detuvo todo. “Iba haciendo una carrera increíble… y aún no entiendo bien qué pasó”, reconoce. Más allá del resultado, el impacto fue profundo. No solo por lo que estaba en juego, sino por lo que significaba ver interrumpido un proceso que había exigido tanto.

Lejos de cerrar una etapa, ese momento redefinió su motivación. El aprendizaje no vino desde la explicación del accidente, sino desde la forma de enfrentarlo. “Lo único que me queda es volver con más ganas y más fuerte”, dice, proyectando ya su regreso. El Dakar, en su caso, no es un objetivo puntual, sino un proyecto a largo plazo. Un camino de cinco años donde la meta es clara: hacer historia representando a su país y a quienes lo han acompañado en el proceso.

En un deporte donde el riesgo es parte inherente de la práctica, su relación con el peligro es directa y consciente. “Una vez que te subes a la moto, no sabes cómo te puedes bajar”, afirma. Lejos de romantizarlo, lo asume como una condición necesaria para competir al más alto nivel. Es una tensión constante entre control y exposición, donde la claridad mental se vuelve determinante: “En situaciones extremas hay que tratar de estar con la mente clara y los pies firmes en la tierra para tomar la mejor decisión posible”.


Su día a día está atravesado por esa misma lógica. El entrenamiento no es solo físico, sino también mental. La visualización ocupa un lugar central en su preparación, anticipando escenarios, decisiones y posibles resultados. A eso se suman rutinas que muchas veces pasan desapercibidas: el descanso, la recuperación y la capacidad de desconectarse después de competir. “El descanso es igual o más importante que el entrenamiento”, reconoce, entendiendo que parar también es parte del proceso, aunque pueda ser difícil de aceptar.

Después de una carrera, esa pausa es un requisito necesario. Durante una o dos semanas se aleja completamente de la moto y enfoca su energía en recuperar el cuerpo y la mente. “Aprovecho de elongar mucho, hacer masajes y yoga para soltar la tensión post carrera”, explica. A eso suma actividades más livianas como piscina o bicicleta, buscando soltar sin exigirse. Porque el desgaste es grande: las fechas de mundial implican seis días seguidos, más de 700 kilómetros diarios y cerca de diez horas arriba de la moto sin parar. “Al día siguiente estoy destruido, y muchas veces nos toca viajar de vuelta de inmediato”, dice. En ese contexto, aprender a bajar la intensidad y gestionar la adrenalina se vuelve tan importante como competir.


También hay una relación distinta con la frustración y el desgaste. Después de años compitiendo, “con múltiples lesiones, más de cinco operaciones y más de ocho placas de metal en mi cuerpo”, su forma de enfrentar los momentos difíciles ha cambiado. “Creo que los momentos duros son los que me hacen avanzar con más fuerza”, dice. En ese contexto, el foco está en lo controlable: la navegación, la concentración durante horas de carrera y la capacidad de sostener decisiones en condiciones extremas. Todo lo demás, simplemente, forma parte del entorno.

En ese recorrido, el entorno cumple un rol clave. Espacios como Youtopia han sido parte de su proceso, especialmente en momentos complejos comenta: “He pasado por lesiones muy graves y siempre han estado para ayudarme”. Más allá del apoyo, destaca la posibilidad de encontrar en un solo lugar todo lo necesario para su preparación, desde lo físico hasta la recuperación, lo que le “permite competir en condiciones comparables, e incluso superiores, a las de otros pilotos a nivel internacional”.